La razón está sobrevalorada (o por qué no me gusta el “Monstruo de colores”)

La razón está sobrevalorada (o por qué no me gusta El monstruo de colores)

En la historia del conocimiento abundan los ejemplos que privilegian la razón por encima de cualquier percepción emocional. Desde la antigua Grecia, pasando por el medioevo y el racionalismo cartesiano, la lógica y el juicio, se alzaron como las facultades favoritas para alcanzar cualquier tipo de certeza y saber. En este camino, si una idea tuvo consenso y mantuvo su hegemonía, es que las emociones no son de fiar. Más vale razón en mano que sentimiento volando, dirían los autores clásicos, pues el solo hecho de sentir podría nublar o entorpecer cualquier discernimiento.

No es de extrañar, pues el pensamiento es dominable y, por lo tanto, podemos ejercer cierto control sobre él.  Es factible domesticar una idea, buscar los artilugios necesarios para darle coherencia e, incluso, sentido. Pero, ¿podemos gobernar el impulso que nos lleva a buscar dicha coherencia? ¿está en la voluntad eliminar la pasión? Ya en nuestro terreno, ¿existe la posibilidad de conocer sin sentir?

Como buenos seres sociales hemos pasado de una radicalidad a otra, pues en la actualidad el enaltecimiento de la razón ha cedido su puesto a las emociones. Los libros infantiles, como productos culturales, reflejan esta tendencia. En las estanterías abundan títulos cuya trama central es el enfado, la alegría o la tristeza. Con más o menos literalidad, los sentimientos adquieren la consistencia y la importancia de un personaje protagonista.

Los expertos no se contradicen: a las emociones hay que conocerlas, analizarlas, gestionarlas, establecer su límites y fronteras, separarlas unas de otras, aislarlas como si fueran sustancias puras. El objetivo es reconocerlas, pues tantos años sintiéndolas no son suficientes para tener una vida plena y, mucho menos, una formación lectora competente. De seguir por este camino, no es de extrañar que  en el futuro se regalen junto a los libros bellas tablas periódicas sentimentales, en el que podamos buscar qué sentir y cómo hacerlo, según su peso específico, en condiciones normales de tiempo y temperatura. En síntesis, hay que tomar distancia, porque de lejos, objetivándolas, las conocemos, reconocemos mejor. Ahora bien, ¿esto no huele a método científico? Si la lógica no me falla… ¿no son estas acciones que tienen que ver, necesariamente, con la razón? ¿Cuál es el cambio, entonces?

En su libro Afecto y lenguaje, Eduardo Velázquez afirma:  “Han aparecido términos como ‘inteligencia emocional’ o ‘gestión de las emociones’ para referirse a la síntesis de ambos aspectos [razón-emoción]. Ya no se enfrentan, no se contradicen, pero se mantiene la idea del control de la inteligencia sobre las emociones, tal como se viene hablando hace siglos: el control de la razón. Aunque con un matiz, no se trata de controlarlas sino de encauzarlas, de clasificarlas y utilizarlas para el propio provecho, de organizarlas en una dirección y con un sentido.”

Curiosamente, el empirismo de la vida diaria confirma la hipótesis de que no podemos elegir qué sentir. También, que todas están muy unidas entre sí, pues rara vez aparecen en solitario. Si sufrimos un desengaño, es posible sentir trisfadobia (tristeza, enfado, rabia) o verira (vergüenza, ira). Un recuerdo puede despertarnos megritud (melancolía, alegría, gratitud) y la muerte de un ser querido solemormor (soledad, amor, dolor), entre tantas combinaciones.

Hace unos años, mi hijo —en ese momento de unos seis o siete años— dibujó su propio panel de las emociones. Algunas de sus definiciones eran: “Sorpreación” (“sorpresa y alegría a la vez”);  “templo” (“cuando tiemblas”);  “raro” (“serio, lo sientes al pensar en los desafíos”); “alegría” (“es cuando vas a una casa o clase, explicas lo que te pasa y ellos te escuchan”).

Quizás sean las propias experiencias de la vida, siempre complejas, las que creen sentimientos tan singulares como la persona que los porta. O, tal vez, las emociones decidan cuando y cómo salir, juntas o separadas, cuando se les da la real gana. Por eso, en la literatura infantil, me declaro absolutamente monárquica: prefiero ser súbdita de La reina de los colores que co ciudadana del monstruo  de Anna Llenas.

En el libro de Jutta Bauer el universo de nuestro salvaje sentir es espontáneo, convive y se mezcla. El gris es la consecuencia real de la combinación de trazos de colores, pero también una divertida metáfora de ciertas situaciones de la vida. Su historia conecta con el lector desde las entrañas y la complicidad. Le habla al oído, a su lado, de igual a igual. Uno siente que puede ser amigo de esa reina e, incluso, de Jutta Bauer. El monstruo de colores no acompaña, explica. Su protagonista se sube a la tarima para brindar una clase magistral sobre la representación social de los sentimientos. La situación comunicacional entre narrador y lector, por ende, cambia. Ya no se comparte una experiencia, sino que se imparte un contenido, pues el discurso del libro se basa en la razón, el orden y la disciplina.

La última página de La reina de los colores está destinada a que los niños jueguen con ellos. Por este motivo, la autora utilizó las ceras y lápices como técnica en el libro. Quien se anime a colorear comprobará que entre sus ilustraciones y las de la autora no hay diferencia alguna. Debo decirlo: golazo de Jutta Bauer. Punto para la emoción.

Y aún hay más…

Pese a que el argumento anterior parece claro y razonable, las bibliotecas escolares enseñan una realidad diferente: el monstruo tiene más espacios, clubs de fans y goza de una fama mayor. Nada de extrañar para un sistema anquilosado, cuyas prácticas pedagógicas para la formación de lectores se inscribe dentro de la aún persistente educación bancaria. En este contexto, domina la preocupación por la  comprensión lectora  y el uso del multiple choise como herramienta para evaluarla. Por supuesto, damos por descontado que entender lo que dice un texto es importante, pero tanto o más es la construcción de significado que hace la persona a partir de la lectura. En este sentido, lo que me parece preocupante es la convicción de que un texto literario debe ser más entendido en su contenido que disfrutado en su forma. Una idea que conduce a una limitada selección de libros, habitualmente llanos, literales, que no exigen ninguna colaboración en el proceso de lectura. Creer algo así implica concebir cuentos, novelas y poemas como mensajes unidireccionales y absolutos, escritos en una clave que hay que descifrar antes de que la paciencia del docente se autodestruya. ¿Qué puede hacer un lector ante esto en el sistema escolar? Rellenar un multiple choise en el que solo cabe acertar o equivocarse, pero nunca elaborar, pensar, interpretar o construir.

¿Necesitamos, en realidad, entenderlo todo? ¿Es posible? ¿Para qué? (pregunta trampa, también busca una razón). De ser así, no podríamos disfrutar de la poesía, los juegos sonoros con las palabras o las coplas —muchas veces sin sentido— de la tradición popular.

Antes de enviar a jubilarse al subconsciente o declararlo de nula utilidad, deberíamos preguntarnos si en la vida es posible hallar alguna certeza. Y, si es así, si es menos válida que los intangibles que nos gobiernan. La pasión, el amor, la imaginación, el placer, los sueños y el delirio; el “apetito” del que hablaba Aristóteles, que nos “mueve hacia algo”, ¿no son el tamiz de nuestra visión del mundo y de nuestra forma de habitar en él?

En su biografía, Jane Goodall recuerda como al estudiar los primates cometió un error imperdonable bajo la ley de la comunidad científica: les puso nombre a sus “objetos de estudio” en lugar de un código de números y letras. Esto implicaba, necesariamente, involucrarse afectivamente, hacer una interpretación subjetiva de lo que sus sentidos le dictaban. Sin embargo, fue ese error lo que le permitió hacer notables aportes a la ciencia natural.

Pienso que una de las cosas más valiosas que tenemos es, precisamente, nuestro carácter de cóctel mólotov. Esa extraña combinación de psique y cultura, pensamiento y sentimientos, experiencias y expectativas, coherencias y contradicciones, que adquiere en cada persona una identidad determinada y, por lo tanto, una manera de ver el mundo que puede dar lugar a una original forma de producir conocimiento. ¿Dejar que sea solo una parte la que lleve el mando, razón o sentimientos, cuando la anarquía del todo se presenta con su dulce tentación de posibilidades? Siento que es una decisión difícil de tomar. Tengo una buena razón para ello.

Eduardo Velázquez Navarrete
El espejo y la lámpara, UAB ediciones

Jutta Bauer
Lóguez

Jane Goodall
Debolsillo

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