El cómic y la novela gráfica: esos lugares de rebeldía literaria

El cómic y la novela gráfica: esos lugares de rebeldía literaria

Mientras la gran producción de álbumes infantiles limpian sus tramas de inquietud y malestar, el cómic y la novela gráfica embarran sus historias hasta volverlas placenteramente espinosas. Cuidado: peligro de rebelión lectora.

Desde que el tiempo es tiempo, la literatura fue un espacio privilegiado de subversión. Desahogo para las mentes atormentadas, inescrupulosa crítica para el sistema, fuego para la imaginación, propulsora de juegos y dinamita para la ideas. Décadas atrás, uno podía ir y venir de los libros a la realidad y de la realidad a los libros. En la calle se interpretaba, entre otros, a Sandokán o a los temibles piratas de La Isla del Tesoro. La vida, puertas afuera, ya era una aventura. Los libros estaban ahí para potenciarla: había crímenes de madera, arrestos de lana, pistolas de manos, sables invisibles. Y, el que moría, moría. No había ningún eufemismo para «¡estás liquidado!».

No es ninguna novedad que, en la actualidad, gran parte de los libros infantiles carecen de aventuras, al menos con el sabor vintage de nuestra infancia. Estos últimos años, el conflicto argumental pasó, mayoritariamente, del exterior al interior. Mientras antes la acción se componía de una serie de hechos trepidantes, en la actualidad se desarrolla dentro del propio sujeto, quien debe «resolver» algún problema vinculado a sus percepciones y sentimientos. Durante este proceso se desterró la violencia, las situaciones incómodas e inquietantes; el lenguaje se volvió llano, por demás accesible y con frases tan adecuadas como incoloras.

Sin embargo, a la sombra del mercado, se tramaba una venganza sin intención. El cómic y la novela gráfica recorrían un camino inverso. Se dirigían también a la infancia, pero con la libertad que otorga el desinterés del mercado escolar y la maravillosa presión del gusto de sus lectores. Esto permitió sagas audaces y valientes que, ignoraron por completo los pilares de los prejuicios que sostienen la literatura infantil actual. Las siguientes son algunos ejemplos de tantos, que llegaron a mis manos a través de las recomendaciones de dos expertos libreros: Alejandra Camacho de El dragón lector y Enrique Tapia de Jarcha. Los tres tienen en común ricas intertextualidades, un vocabulario que desconoce cualquier tipo de fronteras y un concepto de lector o lectora inteligente y sagaz. Tres obras muy disfrutables a partir de los 9 o 10 años.

La hora de los libros

Los Campbell. El humor ácido y negro se escapa por las viñetas, en las que piratería se une a asuntos de alta complejidad familiar. José Luis Munuera, guionista e ilustrador, no escatima recursos para dejar entrever opiniones y reflexiones actuales, referencias a grandes clásicos y un lenguaje tan rico y delicioso, que causa melancolía con solo leerlo una vez. Aquí, hay palabras difíciles, frases ingeniosas, crítica mordaz, humor negro y muchísima aventura unida a temas que unen a todas las familias a través de las épocas. ¿De qué va? Campbell es un pirata que ha decidido dejar la piratería después de la muerte de su mujer para cuidar a sus dos hijas: la adolescente Ítaca y Genova, de cinco años. Peroni el temible Inferno ni sus hombres se lo pondrá tan fácil…

Solos. Esta saga de novelas gráficas resucita la lectura de El Señor de las Moscas. En un mundo apocalíptico, cinco niños encuentran que están absolutamente solos, sin hallar ninguna explicación aparente. Poco a poco, este universo gobernado por un aparente caos, descubrirá —o construirá— sus propias leyes y una lógica realista y coherente mientras el grupo tiene tantos encuentros como desencuentros. Solos mantiene la intriga y el misterio desde el principio al fin. La acción se sucede y la tensión aumenta en cada página. Cuidado: es adictiva al cien por cien. Es la serie estrella de la revista francesa Spirou con 1.000.000 de ejemplares vendidos y en España el primer libro va por su sexta edición.

El despertar del Zélfiro. Charles Dickens se desliza en el argumento de esta saga. Cuando leyó el primer volumen, mi hijo Bruno apoyó el libro en la cama, sonrió y me dijo «estos sí son superhéroes de verdad». Razón no le faltaba: los protagonistas de esta historia han sufrido un severo trauma infantil que, con el tiempo, se transforma en un súperpoder. Entre ellos está Sylvan, el hombre capaz de transformarse en árbol porque de pequeño, las ramas eran el cobijo ante un padre maltratador y Apolina, quien es capaz de mover su pelo a voluntad, después de que en el orfanato fuera encerrada y castigada por niñas y cuidadoras. La trama está compensada por malvados villanos que desarrollan el poder de infligir con su tacto todo tipo de tortura y dolor. Se trata, sin duda, de una trama oscura y potente, con imágenes duras y agresivas, donde se bate a duelo el bien y el mal. Advertencia: saga no hecha para mentes sensibles. Después del número 1, se vuelve muy -tal vez demasiado- violenta.

En las mismas coordenadas espacio temporales de este universo, dos conceptos de infancia habitan en los álbumes y las novelas gráficas como si se tratara de dimensiones paralelas. Sin embargo, se unen en el mismo espacio, a pesar que su lugar simbólico es absolutamente distinto. Incluso, puede que formen parte de la misma biblioteca y luchen, en silencio, por extender la frontera entre el sofocante aprendizaje y la emancipada imaginación.

Viñeta de Los Campbell – José Luis Munuera

Libros mencionados

José Luis Munuera
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Fabien Vehlmann
Bruno Gazzotti
Dibbuks

Karim Friha
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