“Todo son imágenes”

Todo son imágenes

Xan López Domínguez es un ilustrador versátil que ha recibido numerosos reconocimientos. A partir de La bruja Fritanga, su último libro, conversamos con él sobre la obra, su vida y su profesión.

Xan López Domínguez nació en Galicia y desde allí fue capaz de conmover con sus ilustraciones a toda España… y a diversas ciudades del mundo como Tokio, Lisboa, Londres o Munich, donde se exponen sus obras. Actualmente vive en Madrid y además de ilustrar, también escribe sus propios relatos. Frente al ordenador, a partir de la técnica digital, da vida a numerosas historias. “Es como hacer una película con sus decorados, personajes, iluminaciones y hasta con sus extras”.

Ha recibido numerosos reconocimientos. Candidato español al Premio Astrid Lindgren 2008 y al Andersen en 2010, recibió el Premio CCEI 2012 por La noche del Marramiáu ingresando en la prestigiosa lista White Raven. Hoy publica un nuevo libro en Edelvives —La bruja Fritanga, que nos sirve de excusa para introducirnos en su mundo y conocerlo mejor.

¿Qué elementos componen el universo de Xan López Domínguez?

La transformación y poco más. Es una constante. Sin darme cuenta, la transformación aparece en todo lo que hago. Los gatos se transforman en ratones, las nubes en animales, Renglong en un gigante… A partir de esa transformación invento situaciones; o mejor dicho, escenas: las lío, las relío; y cuando siento que están maduras, las dejo volar. ¡Y vaya si vuelan!

Empezaste siendo ilustrador. ¿Cuándo decidiste ser autor también del texto y, qué significó este cambio para ti?

Yo siempre escribí. Prácticamente publicaba un libro al año; la mayoría escritos en gallego. Algunos de ellos ni siquiera han sido traducidos aún hoy al castellano.

Hace cosa de cinco años publiqué una especie de testamento al que titulé Mis historias perdidas. Eran las historias que tenía en mi cabeza y que sospechaba que nunca iba a escribir. Entonces, me dije a mi mismo: “Y… , ¿por qué no las escribes?” Le di vueltas a la pregunta. Y en ello estoy.

En diversos medios has resaltado que te diviertes mucho con tu trabajo. ¿Puedes contarnos qué es lo que más has disfrutado del proceso de creación de La Bruja Fritanga?

Lo más difícil fue concretar a Fritanga. Me dio tanto la lata que al final la transformé en abeja. Renglong es como un charlotín. Los magos parecen personajes de comedias venecianas. El color es sin duda veneciano; sobre todo, los rojos. Las composiciones son una mezcla de Carpaccio y Giorgione, y los nombres de casi todos los personajes —Zaqueu Zara, Zambulza… — los saqué del correo spam que me bombardeó sin parar durante una buena temporada.

La verdad es que me divertí haciendo Fritanga.

Después de leer el libro, surge inevitablemente la pregunta: ¿somos realmente gigantes? Si es así, además del “chascarraschás”, ¿qué es lo que vuelve “grande” al ser humano?

Fritanga está agotada, tiene que dormir. Al día siguiente le espera una reunión imposible con un búho y unos murciélagos. Sin embargo, Fritanga se despereza y decide ayudar a su amigo. Renglong es enorme, pero Fritanga sí es “grande”.

Con este trabajo vuelves un poco a la línea y a los entramados. ¿Por qué has decidido “regresar” a los orígenes?

Con Fritanga nunca tuve la tentación de hacer experimentos. Fui a lo seguro.

Son cincuenta dibujos que ilustran una historia que transcurre a lo largo de una noche. Al tener que representar tantas escenas nocturnas, preferí no complicarme la vida. Me encuentro muy cómodo con los entramados. Es una técnica que permite hacer figuras extremadamente concretas y minuciosas, y fantasear mejor a la hora de construir las escenas.

El dibujo parece haberte acompañado siempre de forma muy natural. ¿En qué momento decidiste convertirlo en tu profesión?

Yo no era, que digamos, muy buen dibujante. De hecho, jamás se me hubiera ocurrido estudiar Bellas Artes, y a nadie de mi familia se le pasó por la cabeza mandarme a una academia de dibujo. Dibujaba para no aburrirme. Nunca pinté un cuadro. Con el bolígrafo llenaba folios con dibujos; vamos, que hacía batallitas…Tuve la suerte de que cuando decidí tomarme en serio esto del dibujo coincidió con una efervescencia de libros de texto en gallego. Creo que los debí de ilustrar casi todos y esa fue mi escuela de aprendizaje. En los libros de texto pude hacer lo que quise y así, experimenté con formas y con técnicas. Incluso recuerdo una serie de estos libros en los que en cada lectura utilizaba una técnica diferente. Además, ya fuera por la premura, o no sé muy bien por qué, todo se publicaba sin problema. La ilustración de los libros de texto me proporcionó una disciplina, sobre todo en los encuadres. ¿Cómo captar la atención en una escena? ¿Cómo ser irónico y no hiriente? ¿Cómo construir algunas escenas imposibles que a veces “alumbraban” los autores de los textos? Y así pasé muchos años, hasta que tuve el valor de enfrentarme con la ilustración de otro tipo de libros.

Hay una anécdota muy conmovedora en tu biografía. Cuentas que cuando no tenías ni cinco años, Sor Lidia te hizo leer y lloraste un buen rato por temor a equivocarte. No obstante, hubieras hablado horas sobre las ilustraciones sin derramar una lágrima. ¿Qué poder tuvo para ti la imagen sobre la palabra?

La historia es mucho más complicada. Yo me sentaba en un banco corrido, de espaldas a la monja. A mi lado tenía a mi amigo Antonio que, como era un pelín mayor que yo, leía sin problemas; por lo que sor Lydia no solía llamarlo a su mesa. Entonces, al estar de espaldas a la monja, ese día decidí empequeñecer mi cabeza para que se pareciera a la de mi amigo, porque también estaba convencido de que él tenía la cabeza más pequeña que la mía. La monja me llamó a leer y aquel día, con apenas cinco años, descubrí que no leía del todo mal y que las cabezas de los humanos son irreducibles, al menos en vida.

Cuando reproduzco esa escena me veo de espaldas con el mandilón, con Antonio a mi lado, con sus orejotas (porque Antonio, de pequeño, tenías orejotas), con el rapado que nos imponían nuestras madres; un rapado que nos hacían siempre el mismo día en una peluquería que estaba situada, literalmente, dentro de los muros de la muralla de Lugo.

Todo son imágenes. Yo pertenezco a una generación de devoradores de imágenes.

Eran tan escasas… Recordad con qué emoción abríamos el sobre de cromos. Por tres imágenes.

¿Qué significaba para ti dibujar en tu infancia? ¿Ha cambiado el sentido con el paso de los años?

En el fondo sigo haciendo batallitas. Sigo teniendo algo de “¿a ver cómo me sale?” y todavía reconozco en mis dibujos actuales restos de los dibujos de indios atacando a una diligencia que yo hacía a los diez años. Afortunadamente, con el paso de los años mi técnica ha mejorado y mi temática se ha apaciguado.

En el año 1979 fundaste junto Fran Jaraba y Migelanxo Prado el colectivo de historieta Xofre y publicasteis el que está considerado como primer Fancine de Galicia. ¿Qué recuerdos tienes de aquella época?

Las primeras pruebas de Xofre las hicimos Fran Jaraba y yo de ocupas en la sede del Partido del Trabajo de España en Santiago. Allí tenían una serigrafiadora y, sin pensarlo dos veces, Fran y yo nos pusimos a la tarea. Como las serigrafías tardaban en secar, tendíamos los folios en cuerdas que cruzaban de lado a lado la sede del partido. Allí no iba nadie pero, de vez en cuando, alguna pareja se metía en una habitación del fondo de la que salía, al rato, radiante. Mientras, Fran y yo serigrafiábamos como locos. No tardamos mucho en descubrir que aquello era imposible. Hicimos la enésima reunión y decidimos encargar el trabajo a una imprenta. Estábamos en Santiago y las cosas se movían muy rápido. Todo el mundo andaba con ideas: comic, cine, música… En Galicia había muy poco y es por ello por lo que tuvimos que crear casi todo de cero. Tengo que reconocer que el avance que se ha conseguido en la cultura gallega, desde los tiempos de Xofre hasta hoy, es sorprendente. Casi heroico.

Has recorrido el camino de la ilustración como autodidacta. ¿Qué te ha aportado esta manera de aprendizaje en tu desarrollo profesional? ¿Has echado de menos una educación más formal?

Un día, un niño me preguntó en un colegio de Galicia.

—Oes, Xan. Por que debuxas raro?

Ya pasó tiempo y todavía no he sido capaz de encontrar una respuesta aceptable a esa pregunta. Tampoco entiendo muy bien el significado que el niño quiso darle a la palabra “raro”. Podía significar feo, extraño, confuso; o también podía significar diferente, original, innovador… El autodidactismo es un fastidio. Una mano que de vez en cuando te oriente no viene nada mal. Que te enseñe incluso a coger el lápiz.

No sé… No he tenido la suerte o la desgracia de vivir esa experiencia.

Puede que por eso dibuje “raro”.

Y por último, Xan. Te citamos el título de algunos de tus últimos libros y tú nos respondes brevemente qué es lo que más te gusta de ellos. ¿Estás de acuerdo?

Claro.

Allá vamos. ¿Qué es lo más te gusta de…?

De La bruja Fritanga

El ritmo.

De La gallina Churra

Le tengo mucho cariño.

De Los sueños de la jirafa

Los cielos. ¡Son enormes!

De La Noche del Marramiáu

La historia.

¡Muchas gracias, Xan!

Xan López Domínguez ha publicado en Edelvives El amigo que vino del mar, Andrea y el cuarto Rey Mago, Peluso, De palabras y saltimbanquis, Barrio de Medellín, El Caballero don Quijote, La gallina Churra, La noche del Marramiáu, Los sueños de la jirafa y La bruja Fritanga.

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