La primera palabra

2 de diciembre de 2016, Rivas Vaciamadrid

Carta primera palabra

Querido Bruno:

Mientras miras la tele, respiro hondo y comienzo a escribir.  Aún recuerdo tu carita de desconcierto al mirar como Inés, tu hermana mayor, lloraba. ¿Llueve? Me preguntarse muy serio con tus tres años y medio. Pensé que si existen personas con tormentas en la boca*, otras pueden tener la potestad de llover.  Pero entonces me di cuenta de algo más: para vos tampoco era fácil ni lo sería nunca. Y, aunque tu lenguaje apenas asomaba, supe que el autismo nos dolía a los dos. A mí en el presente y a ti en el futuro.

La literatura no lo cura todo. A lo sumo, nos consuela determinadas heridas, las hace más llevaderas. Nos concede el don de la reconciliación con el mundo o la esperanza de alcanzarla. Posibilita espacios para amigarnos con nuestro propio dolor o, al menos, nos permite acunarlo para adormecerlo un poco. Quizás esta sea una de las razones por las que empecé a leerte: porque los libros y los cuentos eran el único espacio de encuentro que conocía. El que mi abuelo me enseñó con sus relatos inventados sobre la Patagonia y su recuerdo de las leyendas italianas; el que mi padre me regalaba cada noche al llegar a casa con bellísimas versiones de los cuentos tradicionales. En medio de tanto naufragio, de tantos médicos y un diagnóstico irrefutable, aquellos retazos de mi infancia emergieron como un salvavidas al cual amarrarse y reposar. Desde allí pude observar, por primera vez desde ese negro mar, el cielo. Los libros eran estrellas brillantes que dibujaban constelaciones en la noche más oscura del universo. Un espacio dentro del espacio donde mi corazón tiraba el ancla para amarrarnos el uno al otro. Tú no mirabas a los ojos, pero nos uníamos en los libros. Juntos veíamos las ilustraciones, pasábamos las páginas, difrutábamos de las historias. Y allí, en el papel, nos encontramos.  

Ha llegado el momento en que te cuente algo más sobre ti: tu primera palabra no fue mamá, ni papá, ni agua; fue “Luna”. Tu primera palabra vino de un poema escrito por Antonio Rubio e ilustrado por Óscar Villán. No me extraña, porque la poesía no es la piel del alma, sino el alma misma. Un alma con música.  

Te hago, Bruno, otra confesión: aún hay días en los que lo único que me apetece es llover, pero ya no tengo tormentas en la boca. Tu infancia está unida a la mía a través de los cuentos y esos relatos ahora nos sostienen a los dos. Nos mantienen a flote en la profundidad de este mar, de esta vida, mientras encendemos las estrellas cuando pronunciamos “había una vez”.

Te quiero, pequeño. ¡Agárrate fuerte al siguiente libro! Si te gusta, no te dejará naufragar.

Un beso fuerte,

Mamá

Antonio Rubio – Óscar Villán
Colección De la cuna a la Luna
Kalandraka

Notas

*”por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/”

Fragmento del poema “Lluvia” de Juan Gelman

Para conocer más

Cúmulo Wishing Well
Fotografía tomada con el telescopio remoto de la Universidad de La Punta, Argentina, por uno de sus operadores. Cuando la miro, pienso que las estrellas son todos los libros que nos salvaron del naufragio.

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